Aún recuerdo, lenta y pesada compañera, el día que te ví por vez primera en mis manos. En mil vidas podria imaginar que escribiría en tu negra carcasa tantos lamentos, alegrías y recuerdos. Tras tu cortinilla se han ocultado mujeres guapas, amadas, desnudas, desechos de una vida contaminada, y bajo el pecho vacilante de tu corazón has retratado, despacio... la historia de las imagenes más brillantes de mi vida.
Rumboso por el pragmatismo que impone el trabajo diario y el pateo de los ambientes más tecnificados de esta ciudad, me distancié de tí, cambié el fino grano de las diapositivas por los millones de unidades monocromáticas... la rapidez, la inmediatez, la incomunicación en el reto de inmortalizar un instante.
Ayer, sin saber porque, te busqué en las estanterías. Brillabas como la mirada de una novia: en tí nada ha cambiado. Limpié tus ojos y abrí tu cuerpo para sentir el ronroneo del pasador. Un segundo después, al notar la absoluta comunión entre el obturador y mi dedo... más de 7 años de vida en imágenes rebotaron en el pentaprisma.

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